Rastros medievales de Doña Ana, la del Rocío (2)

Por Alberto Donaire Hernández

Publicado en www.deltademaya.com en
septiembre de 2015

alfonso-X-portada

Hacia el sur oeste

Al margen de la interpretación simplista de imponer la verdad de la fe cristiana y reconquistar el solar patrio, podríamos aducir otras razones más allá del puro interés de dominio y poder; por una parte podían existir en Al-Ándalus lugares y ciudades que por diferentes razones fuesen considerados importantes en sí mismos para el proyecto, y por otra sus caminos (como también el de Santiago) conducían al Océano Atlántico. Y garantizar la salida al Atlántico y la seguridad en la navegación por todas sus latitudes y desde el Mediterráneo, tenía para aquel gran proyecto una importancia transcendental. Portugal no presentaba dificultades, pero sí el sur, y más concretamente la conquista de Sanlúcar y el Aljarafe, imprescindibles para lograr hacerse con el acceso a los puertos atlánticos meridionales, y desde ellos a las rutas que llevaban a América, según se asegura en los trabajos de Luisa Isabel de Álvarez de Toledo.

Como es sabido el Islam nació en torno al siglo VII de la misma tradición abrahámica que el cristianismo y el judaísmo. Pero lo que es mucho menos sabido ya (excepto por algunos rabinos eruditos y pocos más) es que, por disparatado que pueda parecer, la figura de Abraham también está vinculada a Occidente, y que el Islam, como las otras dos religiones, es también portador de una manera propia de entender el servicio a aquella misteriosa e invisible institución del Jaques. En este sentido tal vez sorprenda a muchos saber que en el Islam también se rinde culto al apóstol Santiago, es decir, al Santo Jaques, y que el propio Almanzor prohibió dañar su sepulcro cuando en 997 logró ocupar la ciudad de Santiago. Precisamente en el siglo XII cobra auge, aunque no llegara a ser común, la peregrinación de musulmanes a Santiago, probablemente siguiendo la Via Ablata o Ruta de la Plata, y este culto ha seguido vivo, a su manera, hasta hoy, precisamente en comunidades del Islam occidental desde Túnez a Marruecos. Por otra parte conviene tomar buena nota también de que una gran parte de la población del Islam occidental son y fueron bereberes, pueblos autóctonos de África noroccidental, como bereberes fueron la mayoría de los que entraron como oleadas migratorias en la península, empezando por el famoso Tarik, y que bereberes eran también los almohades y almorávides que en el siglo XIII gobernaban en Al-Ándalus. El insigne historiador Ibn Jaldún escribió:

Ahora el hecho real, el hecho que prescinde de toda hipótesis, es este: los bereberes son los hijos de Canaan, el hijo de Cam, hijo de Noé. De esta línea descendió Berr que tenía dos hijos, Baranis y Madghis al-Abtar. Todas las tribus descienden de uno de estos dos hermanos y fueron clasificadas, por tanto, en Baranes o Botr. [1]

 Lejos de proponer que los bereberes fueran descendientes de colonizadores fenicios (lo que a pesar de ser un soberano disparate muchos se aprestarían a considerar) esto es una pieza más que oportuna para un puzle que poco a poco se va completando si, como proponemos, berebere pudiera significar hijo de iberos, y las palabras kna’ani y barani significaran hijos de Ana, de Doña Ana o Dana, la diosa madre. De ser esto así, la presencia berebere en la península a lo largo de los siglos estaría más que legítimamente justificada histórica y mitológicamente, y por tanto también su participación ancestral en los procesos históricos vinculados al Jaques de occidente. No olvidemos que el abuelo de Canaán, Noé, desembarcó en Noia, no lejos de Santiago, procedente del Atlántico.

Pero en las taifas almohades y almorávides del Al-Ándalus en el siglo XIII reinaba una gran inestabilidad, y proliferaban actitudes intolerantes y cerradas hacia los reinos cristianos del norte que de ninguna manera habrían facilitado la armonía que quizás en otro tiempo, como el de Abderraman III, habría podido permitir otras opciones para el desarrollo del proyecto occidental distintas de la militar. (¡Qué buena liga habrían hecho Abderramán y Alfonso si no hubieran estado separados por tres siglos!, se nos ocurre pensar).

La unificación de Iberia

Nos parece claro que a finales del siglo XII está ya bien definida la intención de caminar hacia la unificación de la Península Ibérica, primero y por un lado de los reinos cristianos y después y por otro la ocupación y anexión de los dominios musulmanes. Así, Alfonso IX de León fue casado en 1198 con Teresa, hija del rey de Portugal, matrimonio que a los pocos años sería anulado por el papa por motivos de consanguinidad no sin antes haber producido tres hijos; al igual que su matrimonio posterior con Berenguela reina de Castilla con la que tuvo cinco. Tras esta segunda anulación, Berenguela se llevó a su hijo varón Fernando a Castilla, y poco después lo haría rey. A finales de 1219 este Fernando III, hijo de ambos reinos y rey de Castilla fue casado con Beatriz de Suabia Hohenstaufen, vinculada directamente al trono imperial romano germánico. Pocas dudas podrían cabernos sobre las intenciones de futuro que motivaron este matrimonio, en las que su fruto primogénito Alfonso tanto se aplicaría durante toda su vida haciendo valer sus derechos hereditarios. En 1230, estando Fernando en plena campaña militar en la frontera de Al-Ándalus, muere su padre Alfonso IX de León, y con su madre Berenguela negociaron con las hijas de Teresa de Portugal, herederas legales, logrando la anexión a Castilla del Reino de León.

El rey Fernando III supo reunir un formidable ejército con la participación de muchos nobles que esperaban sacar beneficios y de las órdenes de caballería, y aprovechando la debilidad estructural en que estaba sumido el califato de Córdoba y los reinos taifas (y en no pocas ocasiones con la ayuda de estos, como el caso del Rey de Baeza), dedicó su vida a conquistar los territorios del sur, logrando en menos de veinticinco años la ocupación de Córdoba, Jaén, Extremadura y Sevilla. Desde que tuvo nueve años su hijo Alfonso lo acompañó, y en cuanto tuvo edad suficiente para hacerlo su padre le entregó responsabilidades en el liderazgo militar y político. En 1246 Alfonso fue casado con Violante, hija de Jaime I rey de Aragón, y así las coronas de Portugal, León, Castilla y Aragón quedaban ligadas por matrimonios, descendencias y pactos, y aunque no en un solo reino, sí al menos en clave de complicidad política frente a los territorios del sur. Sin embargo la unión de Castilla y León sí sería bien amarrada con la composición por parte de Alfonso –no sin por ello afrontar la severa oposición de los nobles y hasta de su propia familia inmediata– de un monumental tratado jurídico, Las siete partidas, que sometía sus dos reinos a una ley común. Esta obra habría de servir en el futuro para la administración del Imperio una vez hubiese sido ganado.

En 1243, ante la presión de Jaime I que ya había conquistado Valencia y Játiva, la ciudad de Murcia se ofreció al rey de Castilla como señorío vasallo, y en 1244 el infante Alfonso con los de Santiago tomó Lorca y Cartagena. ¿O quizás existieron razones para que Alfonso y su entonces futuro suegro acordaran que Murcia quedara en manos de Castilla? ¿Tendrían esas supuestas razones algo que ver con que Castilla tuviese salida al Mediterráneo, y con la fundación de la Orden Naval de Santa María de España para que ya estuviera lista para la lucha por el estrecho cuando se alcanzase el sur oeste? ¿Tendría este proyecto naval que ver con las acciones que se estaban desarrollando en el Atlántico? Si esto hubiera sido así, parece lógico que las decisiones de ambos hubieran estado sometidas a la autoridad de un consenso externo.

Tras la toma de Sevilla en 1248, Algarve en 1249 por Alfonso III de Portugal, y Jerez en 1261, y por último Niebla y Huelva, en 1262 el reino de Granada y Almería estaba ya completamente rodeado.

Los maestros de sabiduría de Alfonso X

La de Alfonso X es una figura singular en la historia donde las haya, de esas verdaderamente difíciles de abarcar en todas sus facetas. Debió ser un hombre de personalidad compleja y carismática, capaz de conjugar un rico registro intelectual con una sensibilidad muy acusada. Desde muy joven manifestó gran interés por todos los aspectos del conocimiento y de las artes, y su talante abierto e inteligente le enseñó a gobernar integrando los más variados matices culturales que bullían en su tiempo. Tanto fue así que de no haber sido un poderoso rey, probablemente habría sido tachado de hereje en más de una ocasión, a tenor de muchos de los asuntos que le interesaban, en los que andaba metido y de los que no parecía esconderse. La Alquimia, la astrología, la Kabalah, el Sufismo, eran algunos de los temas que muy a menudo ocupaban su tiempo, y sobre los que con toda probabilidad habría sido instruido por personas cualificadas a lo largo de toda su vida. No estamos planteando que él haya sido el único entre los reyes, nobles, caballeros o religiosos que en aquellos tiempos pudieran haber recibido la atención magistral de algunos de los sabios de la Europa de aquel tiempo, pues según venimos sugiriendo nos parece que la mayor parte de las maniobras políticas, militares y culturales de importancia que se fueron desarrollando en aquellos siglos pudieron estar inspiradas por una élite formada por personas de este tipo, sino que el rey Alfonso pudiera haber sido un discípulo aventajado merecedor de una formación superior; y esto habría podido suceder por dos razones, por sus aptitudes personales innatas y también por la magnitud de la tarea que se esperaba de él.

¿Tenemos algún indicio real, histórico, de la existencia de una organización, logia o colegio de sabios encargada de marcar a los reyes las pautas de su gobierno? Puede que sí. En 1237, teniendo Alfonso dieciséis años de edad, su padre Fernando “mandó redactar” al Consejo de los doce sabios una breve obra titulada El tratado de la nobleza y lealtad. Sobre este texto Amador de los Ríos escribiría:

El “Libro de los doce sabios” es uno de los primeros textos, escritos en español, de indiscutible interés filosófico. El “Libro de los doce sabios” inicia, además, esa fecunda tradición española de tratados destinados a definir y procurar alcanzar la perfección del rey, del príncipe o del regidor público [2].

Si en verdad esta tradición la inició el rey Fernando o si era muy antigua y sólo entonces salía a la luz no es algo fácil de dilucidar en este momento, aunque nuestra propia opinión –apenas una intuición– es ya conocida por el lector. Bien es verdad que este grupo podría haber sido sencillamente un equipo de consejeros, como los que lógicamente acompañan a todo gobernante o cargo de responsabilidad. Quizás en el propio libro podamos encontrar algún dato que apoye o refute nuestra hipótesis. En su prólogo leemos:

Los doce sabios que la vuestra merced mandó que viniésemos de los vuestros reinos y de los reinos de los reyes vuestros amados hermanos para vos dar consejo en lo espiritual y temporal (...) que vos demos por escrito todas las cosas que todo príncipe y regidor de reino debe haber en si, y de como debe obrar en aquello que a él mismo pertenece (...) Él que es Rey de los Reyes, Nuestro Señor Jesucristo, que guió a los tres reyes magos, guíe y ensalce la vuestra alteza y de los vuestros reinos.

Sólo estas líneas nos permiten ya extraer varias ideas:

1.- Son doce, número significativo por demás en una institución de esta naturaleza, que sintoniza evidentemente con la de los doce apóstoles, y desde luego con los doce caballeros de la mesa redonda entre otras. Y no es banal. Aunque la leyenda de Arturo y el Grial cobra auge en Inglaterra en tiempos del rey Enrique II, en el siglo XII, debemos entender que éste es el primer rey inglés de la rama Plantagenet de la casa de Anjou y que probablemente el mito del Grial lo acompañó desde la Francia central y meridional donde, con toda probabilidad, tuvo su origen y donde impregnó profundamente la cultura occitana, desde donde se extendió por España formando parte indisoluble de la corriente que se estaba trabajando por expandir. Queremos también hacer especial mención a la antigua tradición de los doce curetes que habitaban el bosque de los tartesios recogidos en la leyenda de Gárgor y Habis.

2.- En el texto esos doce sabios se reconocen a sí mismos como sabios sin por ello pecar en inmodestia.

3.- Acuden a la reunión convocada por Fernando, lo que permite suponer que este rey, o su reino, cumple algún requisito que les hace acceder a reunirse cerca de él, algo que hacen viajando desde reinos diferentes, donde presumimos que también ejercen labor de sabios sobre los “reyes hermanos”. De haber sido miembros de su cuerpo de consejeros no habrían vivido dispersos en diferentes y lejanos lugares y reinos diferentes.

4.- Se consideran a sí mismos sabios en lo temporal y en lo espiritual.

5.- Lo instruyen sobre sí mismo como hombre, es decir, son sus maestros.

6.- Ellos están jerárquicamente entre el Rey superior, Jesucristo –quién ocuparía el puesto número 13 del consejo– y los reyes de la tierra. Además, al escribir los vuestros reinos, y no los nuestros reinos, parecen inhibirse y estar por encima.

7.- Reconocen la tradición apócrifa de los reyes magos, y como sabemos, al menos uno de los magos, Melchor, está vinculado específicamente a Tharsis.

8.- Si la fecha de 1237 fuera correcta el Consejo de los doce sabios podría haberse reunido en Córdoba, ya que había sido recientemente conquistada.

Y en el epílogo, escrito después de muerto Fernando III se dice:

(...) envió el rey por los doce grandes sabios y filósofos que enviara el rey don Fernando su padre para haber su consejo con ellos, así en lo espiritual como en lo temporal, según que lo hiciera este rey santo su padre. Y porque el rey supo que eran finados dos sabios destos doce, envió llamar otros dos grandes sabios, cuales él nombró, para que viniesen en lugar destos dos que finaron. Y luego que ellos todos doce vinieron a este rey don Alfonso, demandóles el rey consejo en todas las cosas espirituales y temporales según que lo hiciera el rey su padre. Y ellos diéronle sus consejos buenos y verdaderos, de que el rey se tuvo por muy pagado y bien aconsejado de sus consejos dellos.

Y estas últimas líneas nos indican que:

1.- También Alfonso merece como su padre que los sabios viajen y se reúnan, probablemente en Sevilla, en torno a él.

2.- Para poder operar el consejo debía estar constituido necesariamente por doce sabios, ni más ni menos.

3.- No tiene sentido que Alfonso tenga autoridad real sobre aquellos a quienes considera más sabios que él y a quienes ha de pedir consejo. El hecho de decir que los sustitutos de los sabios que habían muerto fueron nombrados por la autoridad del rey sugiere que la naturaleza de autoridad superior de este consejo debía quedar fuera del conocimiento común.

Así pues parece haber quedado claro que tanto Fernando como su hijo sometían, no sólo las directrices de su gobierno, sino su propia formación personal permanente a la autoridad de una institución superior.

Tenemos además el indicio de la presencia en el entorno cercano del monarca de un hombre del que nada se sabe sobre su vida y formación, salvo que presenta un perfil de gran altura intelectual, y especialmente en materia de ley. Nos referimos al sabio judío Jacobo [3] el de las leyes. El historiador del derecho Francisco Martínez Marina recoge las palabras del propio Jacobo en su Ensayo, aclarando previamente y con rotundidad que éste había sido ayo del rey en algún momento de su infancia o juventud, aunque después de él otros investigadores no han corroborado este dato por faltar la documentación que lo acredite [4]. No obstante no nos parece desacertado adivinar una relación de profundo respeto del rey hacia el jurista, a todas luces un hombre dotado de unas condiciones tan excepcionales que el fruto de su trabajo en este campo ha influido determinantemente en el derecho europeo y americano con posterioridad a él.

Es un hecho incontestable que el maestro Jacobo fue ayo del rey don Alonso siendo infante; y que en estas circunstancias trabajó de su orden una suma de las leyes, como lo expresó este doctor en el prólogo o dedicatoria de la obra, diciendo: "Señor, yo pensé en las palabras que me dixiestes, que vos placeria que escogiese algunas flores de derecho brevemientre, porque podiésedes haber alguna carrera ordenada para entender e para delibrar estos pleitos segun las leys de los sabios. E porque las vuestras palabras son a mí discreto mandamiento, e hey muy gran voluntad de vos facer servicio en todas las cosas, e en las maneras que yo sopiese e podiese, compilé e ayunté estas leys que son más ancianas, en esta manera que eran puestas e departidas por muchos libros de los sabidores [5].

El libro de las leyes atribuido a veces a Alfonso X, y conocido con posterioridad como Las siete partidas, es una obra jurídica monumental, que con toda probabilidad fue compuesta por un equipo de juristas dirigidos por este Jacobo Ruiz, autor de Flores del derecho, El doctrinal de los pleitos y Suma de los nueve tiempos de las causas. Si nos inclinamos a considerar la posibilidad de que Jacobo el de las leyes pudiera ser una de esas personas altamente influyentes y capaces que nuestra hipótesis integra en un colegio de sabios dirigiendo los destinos de Europa, es porque el aspecto legal era, sin duda alguna, uno de los pilares fundamentales e indispensables sobre el que construir un proyecto de futuro de una Europa y América reunidas bajo un mismo poder, y el modo tan complejo, completo y redondo en que esto se hizo con Las partidas parece aludir a alguien con una alta capacidad de visión general de todo el proyecto en su conjunto. Baste mencionar que en la América de influencia hispánica y portuguesa fue el cuerpo jurídico vigente desde su colonización hasta el siglo XIX.

Lo que acabamos de decir puede sonar disparatado, y lo es, un disparate o disparo. Y es que al mirar el mapa de Europa occidental y ver cómo se fueron produciendo los avances en la conquista de Al-Ándalus en el siglo XIII, pasando de largo junto a Granada y Almería pero poniendo buen cuidado en asegurar Sevilla, Huelva y Cádiz y la comunicación hasta allí, se nos ocurre imaginar una flecha que desde más allá del Pirineo oriental se hubiese lanzado hacia la desembocadura del Guadalquivir. Y esta idea de la flecha nos sirvió de guía imaginaria para comprender al menos una parte de las motivaciones últimas de aquellas campañas militares de ocupación, siempre tan costosas en recursos económicos y en vidas. Siguiendo esa dirección en línea recta pasaríamos por encima de Canarias, concretamente de Tenerife, (donde encontramos la virgen negra de la Candelaria, calificada por Rafael Alarcón como La última Virgen Negra del Temple [6], y llegaríamos hasta Cabo Verde, dos enclaves que según los trabajos de Luisa Isabel Álvarez de Toledo fueron utilizados sistemáticamente por los templarios como escala en sus viajes a América, muchos años antes del viaje de Colón.

Traces-flecha-america

Acabamos de revelar cuál era a nuestro juicio el objetivo último de uno de los niveles del proyecto en el que se trabajó a lo largo de más de uno y de dos siglos. Y de tres. En este contexto la tarea que se esperaba de Alfonso X era, ni más ni menos que la de sellar todos los procesos desarrollados hasta ese momento en Europa una vez logrado el trono del imperio, y sentar las bases para que, llegado el momento, Europa fuera capaz de recibir y asimilar el impacto de ese acontecimiento gigantesco que cambiaría la concepción del mundo, y que durante muchos años se estaba preparando en la sombra: el desvelamiento de la existencia del continente americano y la toma de contacto con sus civilizaciones. El lugar desde el que se habría de dirigir, canalizar y articular ese encuentro sería Sevilla. Una Sevilla convertida en una de las dos sedes catedralicias de la máxima autoridad del Imperio, pero no de un imperio español, como sucedería siglos más tarde con Carlos I, sino de un imperio de occidente, una Europa rescatada de su secuestro y ya unida y compacta, en abierto diálogo con el continente americano. Este es el contenido del símbolo Plus Ultra del escudo de España, en el que las llamadas columnas de Hércules, el Jaques de occidente, están abrazadas por una filacteria, que después se expresaría uniéndolas con la S de Sevilla [7]. Esta imagen fue adoptada por España como símbolo de estado cuando siglos después Carlos I logró realizar por fin, –aunque de forma muy incompleta por variadas razones– el gran proyecto del imperio. Aún faltaba entonces un último esfuerzo, afianzar el paradigma de Santa María como diosa de occidente, un concepto que desde Prisciliano a San Bernardo pasando por el visigodo Wamba, de la Dama de los cátaros a la Santa María de las Cantigas, de la trinidad femenina de las carabelas colombinas hasta la ferviente devoción mariana del alumbrado Felipe II, es sistemática y arduamente trabajado, debatiéndose siempre al borde de la herejía hasta su definición como dogma en 1854.

Alfonso X trovador de María, y un hereje

Las leyendas dicen que antes de caer el catarismo el Grial ya había sido puesto a salvo. No podríamos afirmar ni negar la leyenda, pero nos parece coherente imaginar que una gran parte de la historia de los reinos ibéricos de la Edad Media estuvo relacionada con este misterio. Hemos mencionado ya que el rey Alfonso X era un estudioso de temas considerados heréticos en aquel momento, y no porque se interesara por la astrología o la alquimia, sino por otros saberes fronterizos de la kabalah asociados a la magia y la brujería. Cualquiera que se acerque al estudio de su figura podrá comprobar enseguida cómo entre las tareas encomendadas a la Escuela de Traductores de Toledo y a la universidad itinerante Scriptorium, que lo acompañaba durante sus viajes y campañas militares, tuvo un papel destacado la recopilación y traducción al castellano de libros que versaban sobre el saber esotérico, fuera alquimia, kabalah, sufismo, astrología, gemología u otras disciplinas, lo que por lo menos nos sugiere que bien pudo acercarse, o incluso traspasar los límites de lo oficialmente aceptable. También es conocidísima su labor de promoción de la creación artística, fuera en la música, la pintura o la literatura, disciplina esta última en la que al parecer tomó parte él mismo junto a otros autores. Así, la impresionante colección de las Cantigas de Santa María se convirtió, como pasara con el Libro de las leyes, en una obra de referencia universal. Y sucede precisamente que Las Cantigas se inspiran directísimamente en la tradición provenzal trovadoresca; pero mientras que las occitanas solían ser canciones de amor del caballero a su dama, en las que a veces se traslucían connotaciones paralelas de carácter místico, el rey Alfonso, para el caso específico de las Cantigas no encargó a los poetas de su corte jarchas ni cantigas de amor, ni cantigas de amigo, sino cantigas dedicadas expresamente a la Santa Dama, y de las que probablemente compuso personalmente algunas. Así mientras este rey recorría la Península Ibérica, iba “documentando” las virtudes y milagros que Santa María habría hecho en las geografías por las que pasaban. La comitiva real viajaba siempre, como es de suponer, acompañada por imágenes de campaña ante las que se realizaban las funciones religiosas preceptivas, pero no sería de extrañar que también llevaran otras imágenes, o incluso artistas cualificados que las fueran confeccionando según precisas directrices, para colocarlas en los templos o ermitas que, de no existir al llegar, mandaban levantar donde quiera que iban ganando tierras al Islam. Esto podría entenderse simplemente como una manera de afianzar la colonización de la zona implantando en ella un símbolo de la religión vencedora, pero tratándose del rey Alfonso deberemos mirar este asunto con más cuidado.

Pues si ponemos todo lo dicho hasta aquí en relación podríamos descubrir un mundo complejo y fascinante en torno a la vitalización energética de lugares y objetos mediante las artes taumatúrgicas asociadas a las mencionadas disciplinas. Y no hablamos por hablar. En el siglo XIV el monje benedictino [8] Jean de Morigny escribe el Liber Visionum. En esta obra describe sus estudios y prácticas en el Ars Notoria, o Arte Notorio de Salomón, que fue una disciplina teúrgica desarrollada entre los siglos XII y XIV basada en la Kabalah, mediante la cual el artista podía llegar a “animar” o como ellos decían “vivificar” las imágenes de culto y dotarlas de poder. Y no sólo eso, este Juan afirmaba que tras las operaciones realizadas en una imagen de la Virgen, pues Ella era quien desde niño le inspiraba, la imagen se convertía, no ya en un poderoso simulacro talismán, sino en la Virgen misma, capaz de realizar milagros por voluntad propia. En el prólogo de este libro, su autor advierte largamente del peligro que estas prácticas conllevan si no son empleadas adecuadamente; y según él, la única forma legítima de acercarse a ellas, el único motivo lícito para comprometerse en tales maniobras, es pedir a la imagen viva, al gólem que acaba de crear, que le conceda la experiencia espiritual, para la que previamente debía de seguir un proceso preparatorio.

No fue este un caso aislado ni mucho menos, y en aquellos siglos circularon otros libros similares que han sido con el tiempo considerados también clásicos de la magia, como el Libro jurado de Honorio o el Picatrix. ¿Cómo podríamos siquiera suponer que Alfonso X no hubiera conocido y tenido en cuenta estos libros y estas artes? A nosotros nos resulta absolutamente coherente la idea de que la tarea ingente de promover el culto de Santa María por toda España a través de su imagen, fuera ésta perfilada por escrito, pintada o tallada, estuvo absolutamente estructurada por las premisas del Arte. Sin embargo debemos explicar que no creemos que esas operaciones puedan aprenderse y aplicarse siguiendo los pasos descritos en un libro, algo que Alfonso X sabía perfectamente, sino que la existencia de esos libros a su vez revela el gran interés que a pesar de las hogueras, existía por temas cuyas profundidades, entonces como ahora, están reservados a muy poca gente. Y revela también que alguien se estaba haciendo eco de lo que por alguna razón sabía que se estaba realizando, y no sólo en España por cierto.

Y es que en realidad al decir Arte Notorio, al menos nosotros estamos hablando del Arte con mayúsculas, el de los artistas constructores de las catedrales, de los escultores de las tallas, de los pintores de los retablos, que dirigidos por un puñado de personas dueñas de un estado capacitivo magistral supieron en aquellos siglos vivificar la materia para impactar e impulsar la consciencia. Porque aquel Arte, el único Arte que siempre ha habido, no consiste en absoluto en eso que hoy nuestra cultura llama arte, que admite entre sus prácticas cualquier chorreo caótico sobre una tela o la soldadura absurda de un amasijo de hierros que insultan al cielo, o incluso verdaderas aberraciones tales como la sacralización de un urinario, el enlatado de excrementos, la automutilación en público, sino en el desarrollo progresivo en el aspirante de la capacidad de transformar los metales pesados de nuestra consciencia grosera en sustancia sublimada, en oro alquímico. En eso es en lo que trabajaba apenas un puñado de personas. Cada obra debía realizarse, entonces como hoy, siguiendo a un tiempo los dictados de complejos conocimientos y de la inspiración, de manera geométrica y precisa, matemática, compleja, sabiendo convocar el encuentro de las fuerzas de los astros con las de las entrañas de la tierra, sabiendo elegir los cristales y despertar sus memorias tallándolos adecuadamente antes de colocarlos en su sitio, sabiendo armonizar la vibración de los colores y luces con los espacios. Y así es como Europa, España y Andalucía fueron siendo jalonadas de hitos que desde luego generan influencias, a veces muy poderosas, sobre la naturaleza y sobre las gentes, que atraídos por ellos acudimos constantemente a exponernos a su poder tratando de convocarnos hacia la gracia de su toque transformador. Cada lugar, una vez terminado, contenía sus propias claves específicas, cada ermita, iglesia o catedral su orientación cardinal exacta en el paisaje elegido; sus piedras, seleccionadas y cortadas con mimo eran todas individualizadas y únicas; y en el edificio cada pilar, cada escultura, cada imagen mural y cada cuadro ocupaban un lugar exacto en el conjunto. Estos enclaves tenían cada uno unas fechas y horas para ser visitados, y el visitante debía moverse dentro y fuera de ellos de una manera y no de otra durante un tiempo también previamente determinado. Cada uno de estos lugares constituía la casilla numerada de un tablero geográfico cuyo recorrido debía ser andado entero, siempre a pie, siguiendo pautas también fijadas con anterioridad y atendiendo la enseñanza que esa casilla tenía que ofrecer, hasta lograr llegar a la casilla final, allí donde la oca abre poderosa sus alas para emprender el vuelo. Ese lugar donde la materia oscura puede lograr por fin transformarse en blanca paloma.

Mures y el sagrado bosque de Las Rocinas

Entre los pocos hombres que siempre estaban en las proximidades del rey, incluso en el ámbito de su intimidad destacamos los miembros de su guardia personal, los Monteros de Espinosa. Este cuerpo de guardia tenía desde su fundación a comienzos del S. XI [9] la misión de velar el sueño del monarca. Es una obviedad señalar la importancia de garantizar la seguridad del rey durante el sueño que es cuando es más vulnerable, pero no lo es tanto sugerir que el oficio de acompañar al rey en su sueño sugiere también otras connotaciones aún más profundas en las que por esta ocasión no vamos a entrar. Diremos sin embargo que los monteros de Alfonso X no sólo eran hombres de su más astricta confianza sino que también eran personas de elevado carisma, que junto a él serían testigos, partícipes y agentes de algunos de los más secretos capítulos de nuestra historia. La campaña de “marianización” de España, plena de ocultos entresijos, no sería el menor de ellos. Además de los monteros, otros que también estuvieron cerca de la intimidad real y relacionados con este asunto fueron los caballeros templarios, en menor medida los de Santiago, los monjes cistercienses, los franciscanos y los benedictinos.

Al estudiar a los Monteros de Espinosa nos hemos encontrado con un conjunto de datos extraños e incluso sorprendentes. Según hemos podido documentar a lo largo de la historia de la corporación de monteros la casa real les ha hecho dos tipos de entregas de suelo, por una parte sucesivos reyes han hecho cesión de solares en la localidad de Espinosa de los Monteros, y por otra Fernando III concedió y Alfonso X firmó la cesión de tierras en la entonces pequeña población de Mures, en el reino de Sevilla, hoy Villamanrique de la Condesa. Si bien lo primero no nos llama la atención en absoluto, lo segundo sí y mucho.

Los territorios conquistados al Islam solían quedar despoblados tras la ocupación, bien porque sus pobladores habían muerto en la contienda, porque habían huido o porque habían sido expulsados. Todas aquellas personas e instituciones que por alguna razón habían merecido el reconocimiento del rey por sus contribuciones en las campañas de ocupación recibieron tierras durante los repartos organizados para la repoblación, y la cantidad y calidad de los lotes solía ser proporcional a la importancia del servicio prestado. Pero por importante que la seguridad de la figura regia pudiera ser, las tierras otorgadas en Mures a los monteros reales fueron pocas y de escaso o nulo valor, pues consta que la mayor parte de los olivares, higuerales, trigales y huertas habían sido quemadas y arrasadas. No sólo la restauración de aquellas fincas hasta ponerlas de nuevo en condiciones de producir iba a ser laboriosa, sino también lenta. ¿Cuáles de los monteros habrían de afincarse allí, los que estuviesen ya retirados por vejez? Porque no parece lógico que el rey quedase sin protección. Los libros de repartos recogen los nombres de nueve monteros. ¿Qué habrían de hacer personajes de tan alto nivel con unas parcelas quemadas? Por otra parte sucede que los monteros siempre han sido, necesariamente oriundos de la localidad de Espinosa de los Monteros, en Burgos, y además, después de su retiro debían volver a su pueblo natal donde como hemos visto tenían concedidos solares. ¿Qué sentido tenía entregarles estas parcelas a unos hombres cuyo pueblo natal, al que estaban fuertemente vinculados de por vida, estaba en la otra punta del reino? Y sobre todo, ¿Qué significa el hecho de que a lo largo de los siglos hayan tenido aquella cesión de Mures como uno de los más altos honores recibidos en su historia? En 1914, el montero Rufino de Pereda escribía en su estudio sobre la corporación lo siguiente:

Bien se comprende que al emprender Don Fernando III la conquista de Sevilla, (...) llevase consigo a los Monteros y éstos, como siempre lo hacían, le acompañasen en aquella larga, accidentada y gloriosísima campaña. (...)

Estas concesiones se conocen en general con el nombre de “Repartimiento del Rey Don Fernando” y en particular por lo que respecta a los Monteros, con el nombre de “Privilegio de Mures” siendo para nosotros indudable que ésta es la más importante y gloriosa concesión que han obtenido los Monteros desde su creación. [10]

Este privilegio de Mures (...) consistió (...) en la cesión de cuatro aranzadas de tierra de olivar en el pueblo de Mures (Villamanrique), para los Monteros que guardaron su Persona durante la noche en sus diversas expediciones hasta la conquista de Sevilla. (...)

Las cuatro aranzadas de tierra de olivar a que se refiere la concesión anterior son equivalentes a 17.894,40 metros cuadrados.

Es decir, que la más importante y gloriosa concesión obtenida por los Monteros en mil años de historia consistió en una hectárea y media de tierra quemada a cada uno de los veinte monteros elegidos en un lugar que estaba a 850 kilómetros de sus casas. En verdad suena absurdo. Sin embargo, cuando descubrimos cuánto tiempo conservaron la propiedad donada el estupor se troca en vivo interés, pues nos parece que los motivos de la donación pudieran empezar a aclararse. El rey Alfonso firmó la cesión en presencia de Pelayo Pérez Correa, Maestre de Santiago, el 10 de junio de 1253, y el 10 de diciembre del mismo año vendían los monteros sus propiedades. Las compró Íñigo López de Orozco, junto con las de otros servidores reales, hasta juntar 200 aranzadas, patrimonio que en los años sucesivos siguió acrecentando. Este Íñigo fue también persona de la más estricta confianza del rey, lo que queda demostrado por el hecho de que poco más de dos años después sería designado ayo del recién nacido infante heredero Don Fernando de la Cerda. Si añadimos que entre los concesionarios de tierras en Mures estuvo la Orden de Santiago con el propio Pelayo Correa a la cabeza, no nos resulta ya difícil ni descabellado proponer que en Mures pudiera haber habido algo importante, que ese algo importante debiera ser atendido discretamente en pocos meses por gentes escogidas y que después de hecho, lo que quiera que fuese debía ser custodiado durante un tiempo más hasta que ya no hiciera falta. ¿Estarían culminando la construcción de una ruta que partiendo del sur de Francia recorriera España hasta llegar a las marismas del Guadalquivir, del Río del Kabiro, donde la de la Blanca Paloma sería la última casa?

image006

Como acabamos de leer, en el paraje llamado Las Rocinas que había pertenecido a la Taifa de Niebla, había en la primera mitad del siglo XIV y antes de la constitución del condado, una iglesia dedicada a Santa María. No conocemos documentos anteriores a éste ni más precisos sobre este templo, pero parece claro que al menos un edificio dedicado al culto de Santa María existía ya cuando Alfonso XI firmaba el Libro de la Montería del que hemos extraído este conocido párrafo [11]. Sin embargo el hecho de que no podamos probarlo no nos impide proponer que pudiera haber existido allí una iglesia o ermita –es decir un templo de Hermes– desde tiempos anteriores, e incluso muy anteriores. La tradición suele fechar el mítico hallazgo de la Virgen del Rocío aún medio siglo antes, poco después de la ocupación y cristianización de aquellos territorios, algo que parece apoyarse, por una parte en el hecho de que el tratado venatorio del onceno es con toda probabilidad una copia, acaso ampliada, de una obra homónima anterior atribuida a su bisabuelo Alfonso X, hoy perdida; y por otra parte en que un culto a Santa María debió conllevar necesariamente la presencia en ese templo de una imagen, y ello no pudo suceder hasta haber expulsado de la zona a los musulmanes iconoclastas. Una vez liberadas las tierras de esta presión, las imágenes de culto –curiosamente siempre vírgenes, que sepamos– fueron siendo restituidas a sus hornacinas y altares, halladas en sus escondrijos de manera fortuita o programada según los casos.

Sin embargo no quisiéramos caer en el error de identificar el lugar con la presencia en él de la legendaria imagen, y aunque, como veremos más adelante nos inclinemos a aceptar la fecha tradicionalmente medieval de la talla de Los Remedios, hoy del Rocío, su casa de entonces, fuera iglesia o ermita, bien pudiera haber existido desde mucho antes. La razón es que sabemos que hubo un obispado de Niebla (Elepla) en época visigoda, entre los siglos V y VII, y si bien no consta que hubiera obispado después de esa fecha, parece seguro que sí hubo allí habitantes cristianos conviviendo con el Islam hasta el XII, cuando la intolerancia almohade les pudo haber obligado a retraer sus creencias. Y si hubo cristianos también debió haber templos cristianos, y con más razón si estos estaban consagrados a María, figura no sólo tolerada sino reconocida y venerada también por los islamistas. Es bien sabido que a lo largo del tiempo los lugares consagrados a la divinidad femenina más significativos se han mantenido enclavados en un mismo sitio, adoptando las formas propias de las diferentes culturas que lo han poblado. Suelen ser espacios asociados con frecuencia a alguna particularidad natural, por ejemplo una fuente manantial de aguas salutíferas, como es el caso, y también frecuentemente señalados de antiguo por un monumento megalítico. Nos parece coherente por tanto imaginar que las orillas de Las Rocinas, allí donde la vegetación se abre para abrazar las aguas que llamamos La Madre, hubieran podido acoger el culto a Santa María desde el comienzo mismo de la cristianización como continuación natural de la devoción a la Diosa Madre en cualquiera de las advocaciones propias de los tiempos anteriores.

Epílogo

Y una gran señal apareció en el cielo: una mujer vestida del sol, y la luna debajo de sus pies, y sobre su cabeza una corona de doce estrellas. [12]

No es el de la Inmaculada un concepto banal en absoluto y quien sea capaz de transcender las lecturas simplistas podrá entender que quienes lo vienen promoviendo nunca han estado motivados por la imposición de un dogma religioso sino precisamente por su superación, pues Santa María, o la Diosa Madre, no es sino una forma simbólica de aludir al aspecto femenino de la realidad, y a la necesidad de despertarlo de su sueño en la consciencia del ser humano. Y ésta es una necesidad que desde que Jesús la señalara como prioritaria, sigue aún ante nosotros como tarea pendiente.

Las bodas del Jaques y Doña Ana ante la Puerta Dorada dieron como fruto el renacimiento de Eva la inmaculada eterna. Hoy, cuando la corona estrellada ondea por fin en la bandera de la Unión Europea, la tarea no ha sido cumplida aún.

Aunque puede que ya no quede tanto, puede que muy pronto, ahora que el paradigma de la razón pura se derrumba estrepitosamente, la Diosa deje caer alguno de sus velos y descubra para nosotros, de nuevo, un nuevo mundo.

image007

Foto de portada: Alfonso X El Sabio.
http://adevaherranz.es/ARTE/ESPANA/CONTEMPORANEA/XX%20AM%20PICASSO/XVIII-XIX%20XIX%20Y%20XIX-XX%20ESCULTURA/

[1] Ibn Khaldun, Historia I.

[2] AMADOR DE LOS RÍOS, José. Historia crítica de la literatura española, Vol III, Madrid, 1863, p.435.

[3] Deseamos llamar la atención sobre la coincidencia del nombre de este sabio jurista con el nombre que estamos manejando para la máxima autoridad de occidente, Maestro Jaques, y también con el famoso juez del Érebo, en el remoto occidente, Éaco, compañero de Minos y Radamantis..

[4] PÉREZ MARTÍN Antonio. La obra jurídica de Jacobo de las Leyes: las Flores del Derecho. In: Cahiers de linguistique hispanique médiévale. N°22, 1998

[5] MARTÍNEZ MARINA, Francisco, Ensayo histórico-crítico sobre la legislación y principales cuerpos legales de los reinos de Castilla y León, especialmente sobre el código de las Siete Partidas de don Alfonso X el Sabio, Sociedad Literaria y Tipográfica, Madrid, 1845

[6] ALARCÓN HERRERA, Rafael, La última Virgen negra del Temple, Martínez Roca, 1991

[7] Mucho más tarde la masonería recogería esta imagen como símbolo del dólar. No deja de ser curioso que últimamente algunos se hayan empeñado en quitarle al símbolo del dólar una de las dos barras, con intenciones nada inocentes, desde luego.

[8] La orden monástica de San Benito, como la orden militar del Temple, siempre estuvieron relacionadas con los lugares en que durante los siglos XII y XIII se emplazaron las Vírgenes Negras.

[9] Hasta su disolución en el S. XX tras el exilio de Alfonso XIII.

[10] DE PEREDA MERINO, Rufino, Montero de la Cámara de S.M., Los monteros de Espinosa, Madrid, 1914.

[11] ALFONSO XI (1311 – 1350), Libro de la montería, Sevilla, Andrea Pescioni 1582

[12] Apocalipsis 12:1