Más allá de la ética política

Por Alberto Donaire Hernández

Publicado en www.otraspoliticas.com el
20 de octubre de 2013

Me gusta pensar que cuando nacemos a la vida somos anarquistas porque todos llegamos libres de doctrina, completamente ajenos a cualquier concepto de poder. Pero enseguida, casi desde la concepción, empezamos a recibir la acción modeladora de quienes llegaron antes que nosotros. Luego nos pasamos la infancia soñando con llegar a mayores para ser por fin independientes, libres del gobierno de los adultos que nos rodean; la adolescencia es una efervescencia que anuncia que ese momento parece aproximarse. Pero un día descubrimos que la autoridad que entonces nos ceñía no ha hecho sino cambiar de manos sin solución de continuidad para irse haciendo menos amable, más áspera y menos identificable, y después de algunos años de estrellarnos contra el cristal terminamos por claudicar y tomarle el gusto a eso de vivir ahormados y gobernados, renunciamos a la aventura sin siquiera haber llegado a probar su sabor, hasta que al fin no nos queda ya más aspiración que instalarnos por el resto de nuestra vida en la seguridad de una actitud infantil de supeditación nunca transcendida, en la que siempre hay quien nos diga lo que podemos y lo que no podemos hacer y nos sancione si incumplimos, mientras flotamos a la deriva sobre una maraña de derechos pregonados y obligaciones no elegidas, arrastrados por la corriente hacia la muerte.

Hablemos un poco de política.

Como ya hemos visto en otros artículos, y por otra parte es bien sabido, la palabra política hace referencia a lo que pasa en la polis, es decir, en la ciudad. Cuando se acuñó el término, en los tiempos de la antigua Grecia, las ciudades eran estados independientes, pero siguió usándose desde entonces para referirse a la gestión de una comunidad organizada.

El Diccionario de la Lengua Española propone varias definiciones de la palabra política. Veamos algunas de ellas:

"Arte, doctrina u opinión referente al gobierno de los Estados".

"Actividad de quienes rigen o aspiran a regir los asuntos públicos".

En sintonía con estas acepciones, y con carácter general, cabría decir que el ciudadano de a pie, al menos en este país, suele concebir la política como la acción organizadora de una sociedad que se ejerce de manera piramidal y desde arriba hacia abajo. La mayoría de los sistemas políticos que conocemos se diferencian entre sí por el procedimiento empleado para establecer y organizar la estructura de esa pirámide. Cuando el procedimiento vigente durante un período determinado entra en crisis se plantea el problema de qué nuevo sistema establecer para legitimar a quienes han de situarse en la cúspide de la pirámide y en los estratos superiores, y la nueva manera en que deben ejercer la acción organizativa sobre el conjunto. Sea cual sea la dinámica interna de esta estructura, y los mecanismos en virtud de los cuales se distribuyan y activen los puestos en los diferentes niveles, siempre se presupone que el conjunto y cada uno de esos niveles están obligados a recibir el flujo organizativo descendente, acatarlo y servirlo, sea cual sea el principio de legitimidad constituido. Es decir, que la política parece estar basada, solamente, sobre el establecimiento de un principio de autoridad ejercido con poder desde una minoría hacia el conjunto.

Pero el diccionario ofrece otra acepción aún para el término política:

"Actividad del ciudadano cuando interviene en los asuntos públicos con su opinión, con su voto, o de cualquier otro modo".

Es decir, que también se produce la acción política siempre que una persona, con independencia del nivel en que se encuentre situada, decide expresar su individualidad, incidiendo con ello en las dinámicas de lo colectivo.

La reflexión que les propongo −que aunque vieja sigue vigente, acaso muy vigente− pivota sobre la suposición de que, así como el niño aspira de manera natural a desarrollarse hasta ser capaz de emanciparse de la autoridad de sus padres, y la aventura de lograrlo cuanto antes y en las mejores condiciones se convierte en su principal responsabilidad, de igual manera y siguiendo el mismo impulso, en todo ser humano (no importa lo oculto que pueda llegar a quedar) late el anhelo de desarrollarse para conquistar posibilidades de libertad cada vez mayores. Sin embargo la sociedad se nos presenta a sí misma conformada, mayoritariamente, por personas plenamente convencidas de que necesitan vivir acogidas en el seno de una estructura superior donde haya quien las proteja y les proporcione cauces seguros por los que conducir sus vidas hasta el final. No voy a cuestionar ahora si este modelo sigue siendo necesario; quizás en términos generales sí que lo sea aún en buena medida. Pero, ¿lo es siempre y en todos los casos?

A pesar de lo sugerente que quizás pudiera ser el paralelismo que les acabo de proponer, se produce una diferencia fundamental entre el caso del niño ante la autoridad de sus mayores y el caso del adulto ante el poder establecido: todo niño que anhela independizarse de sus padres sabe que tarde o temprano lo conseguirá, aunque solo sea porque en la mayoría de los casos ellos morirán antes que él, sin embargo, en la relación entre el ciudadano y el poder, tal y como se viene produciendo a lo largo de la historia conocida, sucede algo mucho más difícil de remontar: el poder, fiel a su obsesión de perpetuarse indefinidamente, nos asegura que mantendrá incólume su estructura por siempre, y que sólo tras nuestra propia muerte, y no antes, soltará por fin su mordaza.

Pero esta amenaza tantas veces cumplida encierra también un matiz que es a un tiempo terrible y prometedor, y es que el sueño −quizás debiéramos decir pesadilla− que tiene el poder de perpetuarse únicamente es viable en la misma medida de nuestra propia entrega a él, de la autonegación de nuestras posibilidades de libertad. Las viejas leyendas llamaban a esto vender el alma al diablo. Ante este dilema, ¿diríamos que existe la opción de no ceder ante él? ¿Y si hubiera personas que, no solo ni deseen ni necesiten ser gobernados ya por nadie más que por sí mismos, sino que además se sientan capaces de retar al poder y ganarle la mano?

En todos los momentos de la historia habríamos podido encontrar, y sin duda también hoy, entre los millones de adaptados al modelo, personas que conciben al ser humano habitado, más allá de su personalidad aparente, por una esencialidad tan inalienable como desconocida, que consideran que descubrir esa realidad, su leit motiv y su razón de existir, es una experiencia que requiere y produce libertad. Estos hombres y mujeres, menos atentos a sus posibles derechos que a sus ciertas responsabilidades, aseguran que así como cada ser humano nace con la responsabilidad inherente de identificar y desobedecer las exigencias que le dicta su ego para así superar su propio estado de desarrollo personal, por la misma razón también deberá cuestionar los dictados del Estado y de todos los diferentes poderes, siempre que dificulten o impidan la aventura intrépida de buscar nuevas ideas y lenguajes más allá de los parámetros convencionales. Y vivir en clave de aventura en un mundo aún doblegado por las tiranías de la supervivencia, el utilitarismo y el miedo a la muerte, es sinónimo de insumisión, de una insumisión mucho más verdadera y necesaria que aquella simplista que suelen propugnar los rebeldes tradicionales. Por eso el poder se arroga la misión de producir, administrar y suministrar opinión y cultura a sus súbditos, en un intento permanente de calmar la sed de aventura que encuentra en el pensamiento, en las artes y en las ciencias la apertura de caminos siempre vírgenes hacia la libertad y la transcendencia.

¿Cómo seremos capaces de posicionarnos políticamente ante el número creciente de personas que desde su fuero interno ya no reconocen la autoridad de ningún poder, y menos que nada del pueblo, para gobernar su vida por encima de su conciencia? ¿Cómo consideramos en este nuevo tiempo los demócratas, republicanos, monárquicos, liberales o fascistas, católicos, musulmanes, nacionalistas, o ateos, adoradores de los órdenes impuestos, a los aventureros que aman lo imprevisible, que creen en el mundo como una espléndida obra de arte por descubrir, fruto estético del amor, de la que acaso un día todos habremos de formar parte? En el siglo XX los matábamos y en el XXI, por el momento, los estamos escondiendo. ¿No conocerán mensajes que nos puedan ayudar a orientarnos ante los nuevos retos que tenemos planteados?

Por mi parte hace mucho tiempo que no espero nada de quienes nos gobiernan o aspiran a hacerlo, pues no sólo no suelen ser sabios, ni filósofos, ni artistas, sino que ni siquiera consideran que para conducir la vida de los demás necesiten llegar a serlo; no me parecen sino gentes perdidas de sí mismos que ahogan la sed que ya no sienten en un mar de confusiones sin horizonte. Pongamos nuestras expectativas y exigencias en nosotros mismos, cambiemos derechos por responsabilidades, pues éstas son el único pasaje hacia la libertad; no olvidemos que, al fin y al cabo, como diría un físico, una infinitud creativa lo impregna todo, los seres, las ciudades, las montañas, los anhelos, el poder, la política, todo.